Las Etiquetas: ¿me impulsan o me frenan?

El proceso de etiquetar forma parte de nuestro funcionamiento psíquico. A través de las etiquetas simplificamos la realidad, facilitando la tarea a nuestra mente en su constante influjo de estímulos. Mediante las etiquetas clasificamos la realidad y la dotamos de cierta organización, sin tener necesidad de realizar un pormenorizado análisis de cada evento, de cada persona o de cada objeto. Evidentemente este proceso cuenta con una ventaja clara, y es el ahorro cognitivo que supone, permitiendo así poder dedicar recursos mentales a tareas que quizás requieran de mayor esfuerzo.

Las etiquetas por tanto tienen un gran valor, pues aportan un procesamiento rápido y adaptativo para la toma de decisiones o la resolución de problemas en el día a día.

El problema viene cuando se utilizan de manera rígida y repetida para evaluar a las otras personas o a nosotros mismos. Los seres humanos somos demasiado complejos como para clasificarnos de una manera tan simple.

En hecho de etiquetar implica realizar una categorización de las personas, de forma simplificada y superficial, que no atiende a matices, perdiendo información y no reparando en los detalles. La repercusión directa, la forma en la que percibimos nuestro entorno y en cómo nos percibimos a nosotros mismos a partir de esas etiquetas resulta evidente.

A lo largo de la vida, desde la infancia, se pueden ir recibiendo etiquetas, como ejemplo, “eres un/a vago/a”, “eres un desastre”, “eres muy educado/a”, “eres inteligente”. Estas etiquetas pueden interiorizarse de tal modo que llega a volverse difícil escapar de ellas aunque se desee.

Cuando la etiqueta que escuchamos se hace repetida, afecta de manera importante en la formación de nuestra identidad. Termina por convertirse en un hecho, en una realidad y tiene relevante implicación en la imagen que tenemos de nosotros mismos, repercutiendo en nuestra autoestima.

Lo mencionado no solamente tiene que ver con aquéllas etiquetas que consideramos negativas (“eres tonto” o “eres torpe”), también las etiquetas que podríamos entender como positivas, por ejemplo, “qué inteligente eres”, “eres muy educado/a”, “qué fuerte eres, tú puedes con todo”, pueden tener un efecto perjudicial, pues pueden suponer expectativas demasiado altas sobre la persona, quien se siente obligada a tener que satisfacer.

Por tanto a través de las etiquetas se transmiten expectativas, y éstas pueden influir de una manera importante en la persona que las recibe.

En referencia a esas expectativas, señalar un experimento llevado a cabo por los psicólogos Lenore Jacobson y Robert Rosenthal a finales de los años 60 del siglo pasado. Ambos publicaron en 1968 “Pygmalion in the classroom: Teacher expectation and pupils’ intellectual development” estudio que mostraba los resultados de una investigación realizada en el ámbito escolar. Pretendían comprobar si la expectativa de partida de los profesores sobre la capacidad intelectual de sus alumnos, tenía cierta influencia en el rendimiento que éstos desempeñaban durante el curso. Los resultados confirmaron efectivamente la hipótesis de la que partieron. Por tanto, el cómo las expectativas que otras personas manifiestan sobre nosotros, pueden afectar a nuestras creencias de capacidad y a nuestro comportamiento, haciendo que se terminen confirmando tales expectativas. Este mecanismo psicológico se conoce como “efecto pigmalión” en referencia al mito clásico griego.

Consecuencias de poner/ponernos etiquetas

  • Las etiquetas que nos aplicamos limitan nuestro aprendizaje y crecimiento, pues se aceptan como hechos ciertos y sin posibilidad de cambio
  • Establecen valoraciones inamovibles, que dañan la propia autoestima o la de los demás, bien se apliquen sobre uno mismo o se haga sobre otros
  • Pueden ser una fuente de frustración y de malestar
  • Resultan difíciles de eliminar, pues para ellos requieren ser cuestionadas. Si no, se corre el riesgo de arrastrarlas durante mucho tiempo dificultando la adaptación a las diferentes situaciones que pueden presentarse a lo largo de la vida

Cómo liberarse de las etiquetas

Para poder soltarlas, primero debemos reconocerlas, y para ello podemos ayudarnos con una serie de preguntas:

  • ¿Con qué etiquetas me identifico? ¿Qué adjetivos me definen?
  • ¿Desde cuándo van conmigo?
  • ¿Cuáles de ellas me han ayudado? ¿Cuáles me han perjudicado?

Cada uno de esos atributos con los que nos hemos ido identificando a lo largo de nuestra experiencia podemos ir desgranándolos, buscando ejemplos concretos que los confirmen, así como ejemplos que los contradigan. Son éstos últimos ejemplos, los que contravienen la etiqueta, los que en muchas ocasiones no se han tenido en consideración, y han hecho que se asuman sin ningún cuestionamiento, aceptándolas sin ninguna posibilidad de modificación y atándonos a ellas de manera permanente.

El objetivo es que podamos ir aproximándonos a una valoración de uno/a mismo/a en términos realistas, más objetivos, y consecuentemente más constructivos y sanos, flexibles y que permitan el crecimiento. El hecho de valorarnos con flexibilidad favorecerá la disminución de los niveles de estrés así como una mayor capacidad de ajuste a los cambios.

Si sientes que las etiquetas te están impidendo ser tu mismo/a te animo a que te pongas en contacto con el equipo de Psicopartner, escribiéndonos a hola@psicopartner.com o llamándonos al 91 466 98 62 o al móvil 669 489 678, donde estaremos encantados de valorar tu caso, atenderte y ayudarte.

Puedes solicitar una sesión presencial en nuestros centros de Madrid o bien utilizar nuestros servicios de Psicología Online.

Ana de Paz

Ana de Paz

Psicóloga Sanitaria y Mediadora Familiar

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