Preocupación excesiva

Preocupación excesiva: ¿Y si…?

Todos sabemos lo que es una preocupación, la hemos experimentado en algún que otro momento a lo largo de nuestra vida.

La preocupación representa una respuesta normal ante situaciones potencialmente
perturbadoras. Se trata de una cadena de pensamientos y/o imágenes sobre un peligro futuro, generalmente incontrolable y que conlleva incertidumbre en sus resultados.

El inconveniente se produce cuando estas preocupaciones adquieren un protagonismo excesivo en la vida diaria, suponiendo una dificultad para quien las experimenta, pues alcanzan una intensidad, una frecuencia y una duración mayor de lo manejable.

Preocupación excesiva

La preocupación tiene un componente de anticipación, es decir, mira al futuro. Puede ser muy útil, pues nos permite poner atención al problema, nos conduce a la acción y a tratar de mejorar nuestra actuación. Por ejemplo, el preocupamos ante un exámen o una entrevista laboral, puede hacernos invertir un mayor tiempo y un mayor esfuerzo en su preparación, aumentando las probabilidades de éxito. La preocupación saludable, adaptativa, es objetiva, es controlable y suele ser breve, además, focaliza la atención sobre un tema urgente e importante favoreciendo el incremento de la motivación en hacer frente a la dificultad.

En cambio, cuando la preocupación resulta excesiva, crece el malestar emocional, principalmente la ansiedad, lo que conlleva parálisis e inmovilismo, y por tanto pierde su parte beneficiosa. La propia preocupación excesiva, por su incontrolabilidad, pasa a ser una amenaza, generando un mayor rango de emociones desagradables.

La preocupación se manifiesta con una frase del tipo:

¿Y si…?

Cuyos puntos suspensivos son sustituidos por una cadena de pensamientos sobre posibles consecuencias negativas.
Las áreas de preocupación que mayor tiempo consumen son la salud, ya sea la propia o la de otras personas, la familia, los amigos, las responsabilidades, el trabajo o los estudios, la economía, y también cuestiones menores, como pueden ser las tareas domésticas, reparaciones pendientes o el hecho de llegar tarde. Asimismo, es habitual que pueda cambiarse el foco de la preocupación con frecuencia, sustituyendo un tema por otro.

Creencias sobre el valor de la preocupación

Existen una serie de creencias arraigadas sobre los beneficios de preocuparse que hacen mantener el bucle de la preocupación, y que favorecen la percepción de su utilidad. Veamos algunas de ellas.

Preocuparse…

  • Facilita el descubrir formas de evitar lo que se teme. Esta creencia no tiene en cuenta la probabilidad de ocurrencia del suceso y por tanto implicar un esfuerzo muy poco productivo
  • Es un medio eficaz de resolver los problemas, sin embargo comprobamos que en muchos casos lo que hace es entorpecer el proceso de búsqueda de soluciones debido a la ansiedad acompañante
  • Supone una preparación para lo que pueda ocurrir y anticiparse así a lo peor, en cambio lo que provoca son largos períodos de malestar
  • Puede considerarse que por sí mismo, impide que ocurran cosas negativas, y por tanto que favorece un mayor control sobre lo que sucede alrededor
  • Representa una distracción de otros problemas a los que no se quiere atender

¿Cómo abordar la excesiva preocupación?

Las preocupaciones pueden clasificarse según diferentes criterios:

  1. Aquéllas asociadas con problemas basados en la realidad y modificables, como podría ser un conflicto interpersonal
  2. Las que versan sobre problemas con base de realidad pero no modificables, como ejemplo, un problema de salud de alguien cercano
  3. Las relacionadas con acontecimientos muy improbables, por tanto no basados en la realidad, y además inmodificables. En estos casos la preocupación trataría sobre la posibilidad de ocurrencia de un suceso, como podría ser, un accidente
  4. Las de acontecimientos que aún teniendo alguna probabilidad de ocurrencia son inciertos, hasta que suceden no existe certeza alguna. En este grupo incluiríamos la posibilidad de un despido laboral por ejemplo.

Como primer paso una vez que se tienen identificadas las preocupaciones podemos tratar de ubicarlas  en una de las categorías anteriores, ayudándonos para ello de las siguientes preguntas:

  • ¿Mi preocupación está basada en un problema real o por el contrario es inexistente?
  • ¿Es verdaderamente importante lo que me preocupa? ¿Merece la pena?
  • ¿Tengo alguna prueba de que el problema aparecerá de forma inmediata? ¿O en un futuro próximo?
  • ¿Hay algo que pueda hacer para resolverlo? ¿Podría solucionarlo actualmente?

Respondidas estas preguntas, y habiéndolas clasificado siguiendo los criterios de probabilidad/improbabilidad de ocurrencia, de certeza y controlabilidad, y de importancia concedida al asunto, sería recomendable realizar una lista con las diferentes acciones disponibles. Veremos entonces que no en todos los casos esto será posible, pues aquéllas que se han identificado como no modificables, no recaen bajo nuestra influencia, lo que en principio favorecerá la reducción del malestar asociado.
En los tiempos actuales en los que la incertidumbre es un componente muy sobresaliente de nuestro día a día, las preocupaciones tienen un entorno idóneo para proliferar. Pongamos atención en identificar las amenazas anticipadas que percibimos, y tratemos de ajustarlas a los criterios de realidad, de control y de certeza.
Recalcar, para finalizar, que la preocupación desadaptativa únicamente se encarga de anticipar la amenaza, en cambio, en la preocupación adaptativa hay un compromiso con la acción.

“En el momento que dejas de pensar en lo que puede pasar,
empiezas a disfrutar de lo que está pasando”
(Desconocido)
consejos preocupación excesiva

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Ana de Paz

Ana de Paz

Psicóloga Sanitaria y Mediadora Familiar